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domingo, 29 de diciembre de 2013

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Rebelión en la granja

POR MARCELO BIRMAJER

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27/12/13
La novela Rebelión en la Granja es, junto con 1984 –ambas del escritor inglés George Orwell–, el relato más impiadoso, ácido y certero, desde la ficción, sobre el fracaso de la revolución soviética de 1917, y sobre los procesos revolucionarios de inspiración marxista del siglo XX en general. El poder ejemplificador del relato supera su época, las condiciones históricas del momento en que fue escrito, y acaba describiendo críticamente comportamientos humanos de todo tiempo y lugar, previos y posteriores, independientemente de jerarquías o regímenes.
Orwell presentó Rebelión en la Granja por primera vez en 1944, pero fue rechazada por lo menos por cuatro editores: con la Segunda Guerra Mundial en curso, una sátira contra el stalinismo, por entonces admirado aliado de Inglaterra, resultaba incómoda. Incluso en 1945, cuando finalmente se publicó, el sentido común académico e intelectual de esa época británica recibió la novela con más suspicacia y disgusto que generosidad. Recordemos que era la Gran Bretaña que nutrió a espías prosoviéticos como Philby, o sus pares de Oxford. Buena parte de los sinsabores que Orwell debió atravesar antes y después de la publicación de Animal Farm (tal el título original en inglés), los revela en un prólogo inédito, que sólo se conoció póstumamente en 1971.
Desde tan lejos, este hombre que vivió sólo 47 años, nos permite recorrer la actual realidad argentina. En su fábula, los cerdos toman el poder en la granja y expulsan al señor Jones, que los explotaba sin miramientos. Los cerdos aseguran que a partir de ese instante trabajarán todos por igual y repartirán equitativamente las ganancias. Pero muy pronto surgen las diferencias entre el cerdo dominante, Napoleón; y el cerdo encargado del planeamiento, Snowall. Napoleón consigue que los perros persigan a Snowall hasta más allá de los límites de la granja, de donde no regresará nunca.
Sin embargo, su figura resultará más protagónica en su ausencia, pues Napoleón le atribuirá las culpas de cualquier deficiencia del régimen animal: si el molino se quema, fue Snowall.
Si hay sequía, es culpa de Snowall. Si la leche se corta, fue Snowall. Si es evidente la desigualdad entre los cerdos y el resto de los animales, es un efecto provocado por Snowall. Las similitudes sobran con el modo en que el kirchnerismo gobernante ha elegido sus Snowall para achacarles cada trastada fruto de su propia ineficiencia, mala fe o mala suerte.
Los Snowall de Néstor y Cristina alguna vez se llaman Menem, en cuyas filas reportaron alegremente buena parte de nuestros actuales antimenemistas en el poder; De la Rúa, en cuyas filas también reportaron tantos hiperkirchneristas contemporáneos, como Gustavo López o Carlos Raimundi; y el sempiterno Sno-wall todo terreno, el dictador Jorge Rafael Videla, que tanto permite fingir heroísmo retroactivo a kirchneristas que hicieron silencio entre el 76 y el 82, y trataron de amnistiarlo en el 83 con Luder; como inventar complicidades a medida para disidentes actuales del kirchnerismo.
Si hay apagones, si hay inflación, si hay inseguridad, si hay persecución a la prensa; Snowall Menem, Snowall De la Rúa, Snowall Videla vienen simbólicamente al rescate: dejaron una herencia envenenada e ineludible; actúan a control remoto desde el pasado; lo hicieron mucho peor: ¿cómo te vas a atrever a quejarte porque te mandan la AFIP por pensar distinto si Videla te mandaba matar?
Las alegorías implacables de Orwell que funcionan en nuestro país no se acaban en Snowall. Los cerdos comienzan por repartir manzanas para todos los animales; pero luego se permiten mezclarlas, exclusivamente para ellos, con leche. Luego restringen cada vez más bienes para el resto de los animales, con el argumento de que es imprescindible limitar el consumo para que alcance para todos. Pero los cerdos no dejan de mezclar sus manzanas con leche, ni de incrementar sus beneficios.
Muchos argentinos se han preguntado en los últimos años si efectivamente sus dificultades para adquirir dólares legalmente para viajar, ya sea por trabajo o por placer, han redituado en una mayor capacidad de acumular divisas en el Banco Central. Lo contrario ha resultado penosamente cierto: no sólo los dólares se han evaporado con una velocidad alarmante, sino que una clase privilegiada, compuesta exclusivamente por la dirigencia kirchnerista, tiene acceso directo e ilimitado al dólar, sin atravesar ninguno de los incordios que padece el resto de los argentinos. El verdugo de los viajeros, Guillermo Moreno, ha partido recientemente, como si se tratara de una burla, a vivir su exilio dorado en Italia. El azote de la inflación no afecta a la camarilla kirchnerista: en el comedor de la Casa Rosada los precios no sólo no aumentan, cuesta 3 pesos el menú completo. Ignoro si incluye manzanas mezcladas con leche.
En Rebelión en la Granja, la casta de los cerdos acaba explotando a sus colegas animales peor que lo hacía el dueño humano, precisamente porque los protege un discurso del que señor Jones carecía: nosotros lo hacemos por vuestro bien. La inflación, el hambre, la inseguridad, el autoritarismo, es parte de un plan benigno, que en parte se justifica por el duro trance que debemos atravesar para llegar a la felicidad absoluta. Pero mucho más por culpa de Snowall Videla, y por los Snowall Menem y De la Rúa, con los cuales, olvídenlo, estuvimos ligeramente complicados.
En Rebelión en la Granja, los animales comienzan su rebelión triunfante con siete mandamientos: todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo; todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es amigo; ningún animal usará ropa; ningún animal dormirá en una cama; ningún animal beberá alcohol; ningún animal matará a otro animal; todos los animales son iguales Pero con el correr de los días, los cerdos cambian los mandamientos sin aviso, imperceptiblemente: Ningún animal dormirá en una cama con sábanas ; ningún animal beberá alcohol en exceso ; ningún animal matará a otro animal sin motivo . Hasta eliminar finalmente los siete mandamientos.
La adulteración del pasado es una malsana forma de corrupción. Las novelas clásicas, como lo es Rebelión en la Granja, cumplen un papel redentor: el de conservar el pasado, relacionado con el sentido más profundo de nuestras miserias y méritos. En ese contacto intenso, que la literatura permite y auspicia, podemos también atravesar las cortinas de humo de la propaganda y los hipócritas discursos filantrópicos, para conectar con nuestro pasado directo, que sigue vigente en los libros, los diarios, los programas de televisión, con nombres y fechas, con historias y frases célebres, a nuestra disposición, esperando sólo nuestra actitud orwelliana de no dejarnos someter por el falso sentido común de una época.
Fuente: Clarín.com

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