Buscar este blog

domingo, 29 de diciembre de 2013

Posted by violeta 6:25, under | No comments

No es la mariposa negra

POR MARCELO BIRMAJER

No es la mariposa negra

ETIQUETAS

29/12/13
Por entonces, el calor no era nuestro enemigo. La ciudad se templaba, no se derretía. Jugábamos en las calles y nuestro tiempo era el de los cuadritos de historieta de Hijitus; no el de los relojes pegajosos de Dalí. En el baldío de la calle Uriburu, Ballatán había descubierto en el año 75, que se autoconvocaba una marejada de mariposas. ¿Cómo se llaman los conjuntos de mariposas? ¿Enjambre? ¿Cardumen? ¿Consorcio? No lo pienso buscar en Google; no lo supe entonces y no me voy a traicionar averiguándolo ahora. Ballatán fue valiente, porque en nuestra virilidad impostada no calificaba atender a las mariposas.
En el año 77, Ballatán se mudó al Gran Buenos Aires, y lo perdimos de vista; pero la cita con las mariposas del baldío se mantuvo en un formato varonil: las cazábamos con redes, y las guardábamos durante un par de días en cajas con agujeros. No todas sobrevivían al encierro. No me jacto de esa crueldad, ni la olvido. Pero hubo un espécimen que jamás logramos capturar: la mariposa negra. La considerábamos la líder indiscutible de su manada. Era más grande, volaba más rápido. Llegaba primero, y las demás la seguían. Mosovich sugirió que era el zángano. Pero no podíamos abrirle las alas para comprobarlo, porque se nos escapaba verano tras verano. A veces, no aparecía hasta febrero; incluso primeros días de marzo. Pero siempre se hacía presente, al menos un día, antes de que empezaran las clases. Hubo veranos en que algunos la vieron y otros no. Uno de los más chicos puso en duda su existencia y le prohibimos participar del safari. En el verano del 79, vino a vivir a casa Miccione, un amigo de mi hermano mayor. No digo a dormir, sino a vivir por una breve temporada: su padre, el de Miccione, estaba muy enfermo. La madre le había pedido a la mía que lo asiláramos. Miccione pasaba buena parte del día jugando con nosotros, en la calle, en diciembre, antes de irnos a Miramar; y cada tanto, cuando creía que nadie lo veía, se permitía la tristeza, el temor sobre el destino de su padre. Pero a la hora de la caza de mariposas, era el mejor. Volaba, maniobraba con la red como un torero con su capa, las pasaba de la red a la caja como un entomólogo. Miraba para un costado, como si reparara en algún detalle invisible y, aunque suene inverosímil, distraía a las mariposas con este ardid, y entonces las atrapaba. Nuestra mariposa incunable, la negra, era completamente negra. Como la venda que cubre los ojos de los fusilados; como la capa de Parca, como la noche sin luna, como cerrar los ojos sin sol. No había modo de confundirla. No la vimos aparecer, pero el grito de Miccione no dejaba lugar a dudas. Era un grito de victoria, salvaje e interminable. Nos quedamos sin respiración, sin palabras, sin mito. Miccione había iniciado un nuevo tiempo: ahí estaba, en la red, la mariposa negra. La encerró en un frasco transparente que, hasta la semana pasada, había contenido mermelada de higo. Agujereó la tapa. La mirábamos con incredulidad y miedo. Ni nos reíamos, ni nos burlábamos de ella. Excepto Miccione, temíamos su venganza. Miccione sólo repetía que la había atrapado, que ahora sí, que todo cambiaría.
Ese domingo por la mañana mi madre nos envío a mi hermano y a mí a comprar pan y el diario. Cuando regresamos, más rápido de lo habitual, Miccione había llorado copiosamente; pero ahora sólo quedaba el rezago del llanto en sus ojos. Su mueca era dura. Se fue al patio, donde la mariposa negra, cautiva en el frasco, rebotaba con soberbia contra el vidrio y la tapa. Antes de que pudiéramos seguirlo, mi madre nos informó de la muerte del padre de nuestro amigo. En el patio, lo acompañamos en silencio. Miccione agitó el frasco como para marear a la mariposa negra, detenerla y mostrarla.
–Miren –dijo–. Debajo del ala izquierda: tiene una mancha blanca. No es la mariposa negra.
Ni mi hermano ni yo vimos la mancha blanca. Pero yo supe sin duda alguna a quién creía que había atrapado Miccione cuando, con esa euforia desgarradora, derrotó a nuestra peor enemiga. Ahora abrió la tapa del frasco y la dejó escapar. Fue la última vez que la vimos.
Fuente: Clarín.com

0 comentarios:

Publicar un comentario

Tags

FOLW ME

Social

videos- poemeas- noticias- homenajes

Etiquetas

Blog Archive

Blog Archive